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El packaging tiene como objetivo primario el de atraer la atención de
los clientes y ser la principal ventana de comunicación hacia el
consumidor. La presentación de un producto es fundamental, tanto, que
puede determinar que el producto sea un éxito… o un fracaso. Por mucha
publicidad que se haga, y por mucho que su producto sea superior, el
consumidor decide qué compra cuando está delante del producto, y en ese
momento lo único que ve es la etiqueta, la caja, el envase con que lo
presenta.
Un buen packaging es quizás el elemento que hace más perdurable la
imagen de marca de un determinado producto. Aspectos como lo funcional,
lo reutilizable que sea y que su diseño sea atractivo son esenciales
para que el envase se convierta en un valioso añadido al producto final.
Este es el momento de establecer una comunicación directa con el
consumidor, de mandarle un mensaje que le ayude a decidir en el instante
crucial.
El packaging también se refiere al proceso de diseño, evaluación, y la
producción de paquetes. Puede ser también descrito como un sistema
coordinado de preparar mercancías para el transporte, el almacenaje, la
logística, la venta y el empleo final por parte del cliente.
En otras palabras, el packaging contiene, protege, conserva, transporta,
informa, y se vende.
Dejando de lado el marketing puro, y centrándonos en el aspecto de la
protección del producto, hemos de decir que lo más importante consiste
en la conservación del mismo, de tal manera que se puedan garantizar sus
cualidades iniciales, de manera que permanezcan inalterables tras todas
las vicisitudes, desde la fabricación y envasado, pasando por el
transporte, la exposición y distribución, etc., hasta el momento en que
vaya a ser utilizado por el consumidor.
Para simular a escala de laboratorio todas las vicisitudes posibles
mencionadas, se emplean las cámaras climáticas de laboratorio, las
cuales permiten además determinar las fechas de caducidad de los
productos perecederos.
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