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En el Día Mundial de Lucha contra la Desertificación y la Sequía, dentro
del Año Internacional de los Suelos, el CSIC recuerda que el ámbito en
el que sucede la desertificación es en regiones áridas, semiáridas y
subhúmedas secas.
Entre los años 50 y 70 del pasado siglo, en el Sahel (línea costera
entre el desierto del Sahara y el de Sudan), un periodo de lluvias
extraordinario atrajo a una gran población y sus rebaños hasta el borde
del desierto del Sahara. Los asentamientos comenzaron a surgir en
lugares que históricamente tan solo eran zonas de pastoreo temporales.
El retorno de la sequía atrapó a la gente y sus animales entre el Sáhara,
al norte, y los campos de cultivo, al sur. Agotaron los recursos hasta
que los animales murieron de hambre.
Este es un caso paradigmático en el que, mantener la sobreexplotación de
los recursos (porque deliberadamente se ignoran los síntomas de
deterioro o porque no se perciben correctamente) conduce a que el
sistema se dirija hacia unos umbrales que, a escala humana, son
irreversibles (por ejemplo, pérdida de suelo fértil o salinización de
acuíferos). Este proceso de esquilmación, en el ámbito climático en el
que se sobrepasan puntos de no retorno, se denomina desertificación.
El ser humano ha desarrollado estrategias para adaptarse a las regiones
en las que llueve poco y de manera poco predecible. El aumento de la
aridez viene acompañado de una mayor irregularidad en la distribución de
las precipitaciones.
La clave para mantenerse en estos territorios es estar atento a las
señales de escasez y adaptar las tasas de extracción de recursos (el
pasto consumido, el agua de los acuíferos) a las de regeneración. Hay
años de bonanza y otros de escasez. El estereotipo que mejor refleja
esta situación son los nómadas que siguen las erráticas lluvias y el
pasto que brota tras su paso. Cuando la hierba se acaba deshacen su
campamento y buscan nuevos pastizales. La zona pastoreada volverá a ser
productiva tras un periodo de regeneración.
Un ejemplo actual sería la rápida expansión del olivar en Andalucía que,
como consecuencia de suculentos incentivos en forma de subsidios, ha
transformado el monte mediterráneo andaluz de forma dramática. Los
cultivos se han instalado en pendientes inverosímiles, y la obsesión
productivista lleva a limpiar de matas y la más mínima brizna de hierba
el suelo que separa los árboles.
El resultado es que las trombas de agua (algo común en el clima
mediterráneo) forman arroyadas que horadan y acarcavan el terreno, dando
lugar a unas tasas de erosión nunca vistas.
Por el Grupo de Desertificación y Geoecología de la Estación
Experimental de Zonas Áridas (CSIC)
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