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Según hemos podido leer en medios especializados y en diversos foros
relacionados con el mundo de la fotografía, los equipos de grabación y
las cámaras fotográficas, no solo no están exentas de los riesgos de
corrosión derivados de los ambientes químicamente activos, tales como el
ambiente marino, el clima urbano, el sudor, etc., sino que además en
algunos casos pueden llegar a ocasionar problemas, derivados de
situaciones o eventos irrepetibles que se confiaba poder plasmar
gráficamente y que resultaron finalmente fallidas o defectuosas, con las
consabidas decepciones e incluso con consecuencias especialmente graves
en el caso de los sectores profesionales.
En este caso, aunque no sea relevante, se trata de las cámaras del
fabricante alemán Leica las que parece que están presentando problemas
de corrosión en algunos modelos, específicamente en la protección del
sensor de imagen.
Según ha informado Leica, no es posible realizar una limpieza con
garantías, sino que se hace imprescindible cambiar el captador completo,
cuestión que asumen responsablemente.
Y nosotros nos preguntamos: ¿No hubiese sido mucho más rentable realizar
controles de calidad previos al lanzamiento del producto para poder
evaluar el grado de resistencia a la corrosión a escala de laboratorio?
Como podemos ver, la corrosión no respeta ni sectores ni productos, con
lo cual todos los fabricantes de equipamientos que lleven implícita la
inclusión de componentes metálicos, se han de ver obligados a realizar
ensayos de control de calidad, mediante el empleo de las cámaras
climáticas de ensayos de corrosión acelerada, como las cámaras de niebla
salina.
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