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Cuando los metales se ven sometidos a procesos abrasivos producidos por
el contacto con polvo, arena, o barro, la geometría de la superficie
expuesta se ve aumentada sustancialmente, incrementándose la rugosidad.
Cuanto mayor es la rugosidad, cuantitativamente mayor es la superficie
vulnerable a los agentes ambientales. Si además, el medio abrasivo es
barro o lodos, entonces estamos hablando de un reservorio de agua,
sales, o sustancias químicamente activas, en función de la naturaleza de
los mismos y el entorno en donde se encuentran.
Así, podemos encontrarnos con diversos entornos adversos, tales como:
Arena del desierto: En este caso no se produce un efecto corrosivo
directo, pero la abrasión abriría una puerta a la acción posterior de
otros ambientes corrosivos por acción de la intemperie.
Barro por lluvia en el campo: En este caso hablaríamos de abrasión y
corrosión por acción corrosiva de la humedad.
Barro en áreas marítimas y playas: En este caso se produciría el doble
efecto de la abrasión y corrosión por cloruros.
Idéntico caso es el del barro en carreteras con tratamiento anti helada
mediante sales.
Barro en zonas industriales: En estos casos los barros o lodos, no solo
producen abrasión, sino que además pueden contener sustancias
químicamente activas en función del tipo de industrias: sulfuros,
sulfatos, nitratos, cloruros, carbonatos, etc., etc.
Para ensayar a escala de laboratorio la resistencia frente a dichos
medios corrosivos, se emplean medios previos abrasivos, tales como el
chorro de arena, y posterior sometimiento a las cámaras de niebla salina
selectiva con variables de temperatura, humedad y composición química de
carácter neutro, alcalino o ácido.
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