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La metalización es un proceso metalúrgico consistente en añadir a un
metal capas del mismo material o de metales diferentes. La combinación
resultante puede tener propiedades físicas y químicas mejoradas, tales
como una mayor resistencia a la corrosión.
Un ejemplo es el llamado oro laminado, formado por un núcleo de latón o
acero cuyo exterior se cubre de una capa de oro. Los componentes
aeronáuticos metalizados pueden tener una capa gruesa de aleación de
aluminio (muy resistente) en el centro y una delgada capa exterior de
aluminio puro para protegerlos de la corrosión. Las diferentes capas de
metal suelen calentarse y laminarse juntas.
Otros métodos de metalización son el fundido, la soldadura, la
electrólisis y el vertido de metal fundido alrededor de un núcleo
endurecido. Además de en forma de láminas, los metales chapados también
se producen en forma de alambre, barras o tubos.
Otro capítulo importante de esta tecnología es la metalización de
superficies plásticas aplicables a sectores tales como la automoción,
herrajes de mobiliario y para fines decorativos.
La metalización de superficies plásticas está basada en el siguiente
proceso:
1.- Tratamiento desoxidante de las superficies plásticas en condiciones
moderadas.
2.- Tratamiento de las superficies plásticas con una solución de una sal
metálica con contenido de cobalto, plata, estaño y plomo.
3.- Tratamiento de las superficies plásticas con una solución de
sulfuro.
4.- Metalización final de las superficies plásticas mediante un baño del
metal seleccionado.
En todos los casos es imprescindible asegurar la resistencia a la
corrosión de dichas superficies metalizadas, mediante la utilización de
cámaras de ensayos de corrosión.
Para determinar la resistencia a la corrosión de los materiales
metálicos se emplean las cámaras de ensayos de corrosión acelerada por
niebla salina.
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