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El tomate puede ser una solución para minimizar los efectos de la
corrosión.
Cada año se generan unos 300 millones de toneladas de residuos de tomate
en la Unión Europea. Desechos que se generan especialmente por la
industria dedicada a producir concentrado de tomate. En la actualidad,
las pieles y semillas se utilizan básicamente para alimentar al ganado.
El resto, la gran mayoría, hay que eliminarlo, con el consiguiente
coste.
Otra opción es aprovechar estos desechos y dar así un nuevo uso a un
residuo. Y es precisamente este objetivo el que pretende alcanzar el
proyecto europeo para hacer biolacas de residuos de tomate que después
serán utilizadas en el exterior e interior de las latas de conservas
para prevenir la corrosión y evitar la contaminación de elementos
metálicos en los alimentos.
Para determinar la resistencia a la corrosión de los aceros, se emplean
las cámaras de niebla salina de laboratorio como la presentada en la
imagen adjunta.
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