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Una de las cuestiones a la que se presta mayor atención en la
espeleología es precisamente la corrosión de las cuevas, especialmente
aquellas en las que ha dejado su impronta el hombre primitivo.
La complejidad de los mecanismos de transformación que dependen de una
gran variedad de factores, entre los que cabe mencionar: la influencia
de la morfología variable de las cavidades, las variaciones ambientales
atmosféricas puntuales, naturales o artificiales (fuego, etc.), y los
cambios climáticos producidos en el transcurrir del tiempo, son
cuestiones a tener en cuenta.
En el caso de cuevas como las de Altamira, por ejemplo, los cambios que
se han venido produciendo en su interior, favorecen el desplazamiento de
los equilibrios físicos y químicos, propiciando la aparición de
fenómenos degradativos tales como la corrosión en las formaciones
secundarias, principal atractivo para el turismo.
Entre los diversos mecanismos que favorecen o provocan la corrosión
climática, fundamentalmente podemos mencionar los provocados por la
afluencia de público.
Si se procediese a monitorizar, a lo largo de una jornada, la
concentración de dióxido de carbono en el interior de la cavidad, se
observaría que la concentración de CO2 es directamente proporcional al
aforo. Quiere ello decir que, en función del número de visitantes, la
concentración de este gas se multiplica de una manera alarmante.
El motivo no es otro que el derivado de la propia función respiratoria,
en virtud de la cual, en la aspiración se consume oxigeno y en la
expiración se libera CO2.
Este fenómeno se produce de forma idéntica en todas las edificaciones
donde se producen afluencias humanas cíclicas, como es el caso de
oficinas, universidades, centros comerciales, etc., en las cuales, en
las horas punta, se puede llegar a superar hasta 100 veces los límites
de concentración permitidos por las normativas de seguridad e higiene.
En el caso de las cuevas subterráneas, normalmente con climas altamente
húmedos, no solo por la presencia de lagos y ríos, sino también por las
propias filtraciones que permiten mantenerlas vivas, el problema es que
el CO2, en presencia de humedad, se ioniza formando ión carbónico; en
una palabra, se produce ácido carbónico por carbonatación, cuya
corrosividad es bien conocida por los geólogos, espeleólogos,
arqueólogos, arquitectos e ingenieros de calidad.
Para estudiar el efecto de la corrosividad por carbonatación en el
interior de las cuevas, se emplean las cámaras de laboratorio
denominadas cámaras de Kesternich, en las cuales se controla tanto la
concentración de CO2, como la temperatura y la humedad relativa, en la
cual, el punto de rocío, es el exponente representativo de las cuevas
vírgenes o en formación.
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