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Una vez más volvemos a ser testigos de graves sucesos derivados de
problemas de corrosión. En esta ocasión hacemos referencia a España, y
más concretamente, al reciente incendio ocurrido en la refinería gallega
de Repsol, debida “a una fuga por corrosión en una tubería de
alimentación de las instalaciones de transformación de gasóleo para
producción de gas butano”, según confirmó Luis Felipe Llamas portavoz de
dicha compañía y que causó una gran alarma, tanto en la ciudad de
Arteixo (Coruña), como en toda la provincia.
Aunque se trate de un problema puntual, tal como han mencionado fuentes
de la entidad, no cabe duda de que, al margen de la alarma social
producida, las pérdidas, a buen seguro, serán cuantiosas.
Habida cuenta de que la refinería de Repsol es consciente de las
gravísimas consecuencias que se podían haber derivado de este percance
de dimensiones impredecibles, el gabinete de crisis mantiene la
investigación abierta para descubrir la causa del incendio.
Actualmente un equipo de expertos sigue chequeando toda la instalación
en busca de otros posibles puntos vulnerables.
Lo que sí ha quedado claro es que, según las primeras pesquisas, el
fuego se debió “a una fuga por corrosión en una tubería de alimentación
de la planta procesadora de combustible”.
Un vez más constatamos la importancia de la corrosión en este tipo de
instalaciones dedicadas al procesamiento y almacenaje de productos de
altísimo riesgo de inflamabilidad y explosividad, con consecuentes daños
económicos y riesgo de peligros para la vida humana y los ecosistemas.
Es por ello que se hace preceptivo, no solo un mantenimiento responsable
sistemático, sino también un control de calidad extremo, con la
realización de ensayos exhaustivos de laboratorio, para determinar la
resistencia a las condiciones químicamente activas y la evaluación de la
velocidad de corrosión de los aceros empleados en las instalaciones.
Todo ello se realiza con las cámaras de ensayos de corrosión acelerada.
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