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Imagen: Tecmovia
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La Fabricación Aditiva o Additive Manufacturing (AM), como se conoce
internacionalmente, consiste básicamente en manipular material a escala
micrométrica y depositarlo de forma muy precisa para construir un
sólido. Aunque novedosas, son muy diversas las tecnologías que permiten
fabricar piezas por este principio, lo que supone una nueva revolución
industrial. La posibilidad de prescindir de utillajes, de reproducir
cualquier geometría que el ser humano pueda imaginar (y dibujar), la
inmediatez en la respuesta a la demanda cambiante del consumidor, y otra
serie de ventajas que se explican más adelante, hacen del AM una
auténtica pieza angular del futuro industrial en los países más
desarrollados del planeta.
Desde la antigüedad el avance en las condiciones de vida de la humanidad
ha estado directamente ligado a la capacidad para adaptar las riquezas
naturales del entorno (materias primas) y convertirlas en productos
elaborados (tejidos, calzado, herramientas, armas, alimentos) mediante
el consumo de energía, buenas ideas y destreza técnica.
El país pionero en los procesos de industrialización fue Inglaterra, que
aplicando las innovaciones en maquinaria se convirtió en la primera
potencia económica del momento. A Inglaterra le sucedieron los Estados
Unidos de América en esta posición de liderazgo, ya que fue allí donde
se desarrollaron avances en campos como la energía eléctrica o la
producción en cadena. Los desarrollos tecnológicos crearon nuevos
negocios (surgen entonces empresas como GE, Ford y OTIS), además de
auténticas revoluciones en la sociedad y en la forma de vivir en
general, como el fluido eléctrico, los automóviles o la edificación
vertical.
Posteriormente, en los años cincuenta, la capacidad de Japón para
recuperar su industria y su particular método de organización de la
producción (conocido en Occidente como Lean Manufacturing), cuyo
paradigma encarna la empresa Toyota, situó a la economía nipona entre
las primeras del mundo. Finalmente, en los últimos veinte años se asiste
al nacimiento de China como potencia económica, con crecimiento
estrechamente ligado a su capacidad manufacturera, que la ha convertido
en la «fábrica del mundo».
La cuestión es que no toda la industria genera el mismo valor. Hay
países con una industria muy productiva, que genera un sector terciario
muy potente y que es capaz de crear riqueza muy alta por habitante,
mientras que otro tipo de industria no actúa de la misma manera. Este es
un tema de máxima trascendencia hoy en día en Europa, donde existe una
gran preocupación por la creciente deslocalización de las fábricas. Si
este fenómeno no se controla, se podría causar un grave daño al empleo
(y en consecuencia al nivel de vida) que en un cuarto del total depende
directamente de la industria y en un 75 % de forma indirecta, pues el
sector servicios vive en gran medida de sus clientes industriales.
En las tres últimas décadas se está asistiendo a una transición hacia lo
digital en distintos ámbitos de la vida, tanto personal como
profesional. Existen multitud de ejemplos que hablan por sí solos de
este vertiginoso cambio: las oficinas técnicas han pasado de los planos
de papel dibujados a mano a ficheros paramétricos, primero en dos
dimensiones (sistemas de dibujo asistido CAD 2D) y luego en tres
dimensiones (sistemas de dibujo asistido CAD 3D); en las comunicaciones,
del envío de correo postal a la aparición primero del fax y luego del
correo electrónico; en el ocio, de la televisión en dos canales en
blanco y negro a la infinita oferta de TDT, o el cambio de la baraja de
cartas por el videojuego de realidad aumentada; en el mundo de la salud,
de la radiografía RX a la resonancia magnética, TAC (Tomografía Axial
Computarizada), o Ecografía Doppler 3D.
Las fábricas no son ajenas a este fenómeno. Ya se han mencionado los
sistemas de Diseño Asistido por Computador (CAD), que afectan a la
concepción del producto en las oficinas técnicas, pero también son bien
conocidos los software de Fabricación Asistida por Computador (CAM) o
para la asistencia a la ingeniería (CAE), el empleo de autómatas y
robots en planta, la inspección por visión artificial, el control del
avance de la producción en tiempo real (MES), o incluso la modelización
y recreación virtual de procesos y fábricas enteras con software de
simulación (CAPE).
Los avances de la cibernética permiten procesar a gran velocidad
ingentes cantidades de datos y manejar sistemas mecánicos, superando los
límites conocidos de fiabilidad y precisión. No obstante, los procesos
de fabricación de piezas, aunque asistidos por controles más avanzados,
siguen siendo básicamente los mismos: arranque de viruta, conformado en
frío o en caliente, fundición o inyección (anexo 1). Todos ellos se
enfrentan a limitaciones, ya no de control, sino físicas, como la
imposibilidad de realizar taladros curvos, las colisiones de
herramientas con la pieza de geometría compleja, las restricciones de
ángulos de desmoldeo, por poner algunos ejemplos. Estas limitaciones
bloquean la creatividad y constituyen una barrera, a veces
infranqueable, al desarrollo de nuevos productos de alto valor añadido o
con nuevas funcionalidades.
Fuentes: Cotec (Fundación para la innovación Tecnológica) Tecmovia,
Wikipedia, Interempresas.
www.cotec.es
(Fabrica digital 2.0)
Para ensayar a escala de laboratorio el rendimiento de los componentes
empleados en la industria, bajo diversas condiciones climáticas, se
utilizan las cámaras de simulación ambiental.
Estos equipos de laboratorio permiten estudiar su comportamiento bajo
condiciones atmosféricas adversas a las cuales puedan ser expuestos, y
estudiar su resistencia, incluso a la intemperie.
A este respecto es de destacar que CCI ha desarrollado este tipo de
cámaras para el Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC),
institutos y centros nacionales de energías renovables y compañías
relevantes del sector, entre otras entidades públicas y universidades
diversas, tales como la Universidad de Sevilla.
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